A veces, sales a ver el mundo y te encuentras con personas.
Siempre he pensado que hay dos tipos de viajes, los que se hacen hacia el exterior, mirando lo que hay fuera, y los que se hacen hacia el interior, buscando lo que llevamos dentro. Aunque ninguno de los dos es independiente del otro; la mayor parte de las veces, siempre predominará uno sobre el otro, pero nunca podrás dejar de lado a ninguno de los dos.
Probablemente, la única diferencia que haya entre ellos sea la conciencia que tenemos de cada uno. Seguramente, el descubrimiento de todo lo que está fuera de nosotros nos es más fácil de intuir y de juzgar; puede que sea porque nos lo tomamos de una forma menos personal, o porque, al fin y al cabo, nos podemos alejar de ello cuándo queramos. Pero la verdad es que llegar a entender lo que llevamos dentro, a veces, se nos hace complicadísimo; quizás porque nunca nadie nos ha dado un mapa de nuestro mundo interior, ni nos ha dicho dónde empieza el sendero para subir cada una de nuestras montañas, dónde se encuentra cada cumbre o por dónde cruza cada río, ni en que mar desemboca y, por supuesto, se han olvidado de darnos esa brújula que supuestamente nos señala el norte; la que nos marca la dirección para volvernos a encontrar cada vez que nos perdernos.
Acostumbramos a viajar para ver cosas nuevas, diferentes y, a poder ser, bonitas, que nos llamen la atención. Adoramos los lagos azules y el verde de las montañas, y nos fascina observar los paisajes desde el pico de una montaña y las ciudades desde el mirador que se encuentre en el punto más alto. Disfrutamos del olor de la naturaleza y de la tierra mojada, del ruido tranquilizante del mar desde una playa silenciosa o el rumor del río en una noche cerrada. Y de conducir por carreteras lisas dejando a nuestro paso una vista espectacular de la que disfrutar a cada kilómetro que recorremos. Pero nadie nos cuenta que para poder disfrutar del verde de las montañas y el azul de los lagos se necesita mucha lluvia intermitente, que para llegar al pico de la montaña tendremos que hacer una larga y dura travesía, y que, si se tuerce el día, vendrá la tormenta y nos mojaremos. Nadie nos habla del frío y el viento que hace cuando llegas arriba del todo. Ni de que el precio de poder ver un glaciar de cerca es exponerse a ciertas avalanchas. Ni los mosquitos y otros insectos que se te comerán cuando acampes junto al río. No nos dicen que quizás el momento en que has decidido subir al mirador de aquella ciudad, aparece una especie de niebla concentrada que no te deja ver nada. Nadie nos informa de que las montañas quedan lejos de las carreteras lisas ni de que hay ciudades que, cuando las miras desde arriba, te das cuenta de que están llenas de escombros a causa de un terremoto que hubo unos años atrás.
Nadie nos lo dice, porque en realidad no importa, porque lo importante es lo bonito, y lo que te llevas contigo; porque sigues descubriendo y aprendiendo.
El segundo viaje, ese que se hace hacia el interior - ya sea nuestro, o de los demás - no es tan diferente del primero. Buscamos cruzarnos con personas nuevas, diferentes; y a poder ser bonitas (bonitas por dentro, que al final es lo que cuenta), que nos llamen la atención. Las adoramos en sus momentos de luz, de diversión, cuando ríen, sonríen y disfrutan de la vida; cuando también se encuentran en el punto más alto de su montaña emocional. Pero tampoco nadie nos cuenta la parte dura de este viaje. Que para llegar allí arriba también tiene que haber llovido mucho antes. Que mientras te encuentras compartiendo su camino, alguna vez, y quizás con menos pronóstico que la meteorología, te cae algún chaparrón, sin ningún tipo de previsión, y lo único que puedes hacer es coger el paraguas y el impermeable y esperar como buenamente puedas a que llegue la calma. Acabarás mojado igual, pero, a fin y al cabo, intentar correr bajo la lluvia sólo te servirá para cansarte un poco más. Que a veces hará frío y viento a su lado, y habrá tanta niebla que no podrás reconocer a la persona que tienes enfrente de ti, pero seguro que si esperas a que se aclare y salga el sol, habrá merecido la pena. Que puede que te encuentres con algunas ruinas de terremotos del pasado, pero esas también nos recuerdan que todo está hecho para reconstruirse y renovarse cíclicamente. Y que quizás te deje atónito el ruido de alguna avalancha, pero recuerda que fuiste tú quién decidió visitar el glaciar.
Porque hay personas que son como tormentas, totalmente imprevisibles y que caen con una fuerza y seguridad que hace temblar todo lo que tienen a su alrededor. Pero si no te quedas a ver la lluvia, probablemente te perderás sus valles verdes y sus mañanas soleadas.
A veces, lo único que pasa, es que llega un ciclón que lo destroza todo y acabamos perdidos en fenómenos naturales que no hacen justicia a lo que en realidad somos. Y, también a veces, esperas que en tu viaje predominen los exteriores y te acabas encontrando con interiores tan grandes que lo eclipsan todo.
Viajar al fin del mundo puede costar dinero, algunas horas de vuelo, y sobre todo, encontrar el momento para hacerlo. Pero llegar al fondo del corazón es un viaje que requiere años - quizás toda la vida - y mucha dedicación.
Algunos llegarán antes que otros; los demás no llegarán nunca. Pero ninguno de los que llegue, lo hará sin pasar por muchas tormentas, ciclones, terremotos y alguna que otra avalancha, y mucho menos, sin aceptar que éstas también forman parte del mundo, tanto interior como exterior, y que hay que convivir con ellas.
Cada uno de nosotros somos un mundo por descubrir. Y si el fondo del corazón queda más lejos que el fin del mundo, la única certeza que tengo es que habrá que seguir andando.

Un post d'aquestes dimensions només es pot descriure amb una paraula... SUBLIM!!
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