Somos
estrellas en los cielos de los que nos aman.
Así es. O por lo menos, así lo veo yo. Y sabiendo sólo eso, me pregunto, ¿por qué seguimos empeñados en esconder esa parte bonita que todos llevamos dentro?
Así es. O por lo menos, así lo veo yo. Y sabiendo sólo eso, me pregunto, ¿por qué seguimos empeñados en esconder esa parte bonita que todos llevamos dentro?
Porque
somos, por naturaleza, bonitos. Y nos pintamos máscaras de miedos,
complejos e inseguridades que acaban cubriendo toda nuestra belleza.
Pero todos tenemos un cielo dónde pintamos nuestras respectivas estrellas.
Hay estrellas fugaces, que cuando te quieres dar cuenta de que han pasado, ya se han ido para no volver, y te han dejado ahí pendiente de un deseo que ni siquiera sabes si se va a cumplir.
Hay estrellas que brillan con el único objetivo de que alguien las mire y se acuerde de ellas; estrellas para lucirse, que no suelen rebelar su interior.
Hay estrellas que hace años dejaron de brillar porque se les acabó la luz y la fuerza; y quizás, sobretodo, las ganas.
Pero también hay estrellas firmes; aquellas que brillan con tanta luz que nos iluminan en mitad de la noche. Estrellas que hace siglos que murieron, pero vivieron con tanto ímpetu que nadie ha podido aún borrar su rastro; ni siquiera apagar su luz.
Podemos ser lo que queramos, al fin y al cabo, todas las estrellas son bonitas. Y, a decir verdad, tenemos una especial admiración por las fugaces. Nos fascinan precisamente por eso; por efímeras, por ser imposibles de retener. Ya dijo alguien aquello de “lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Pero seamos sinceros; ¿quién quiere una estrella fugaz para iluminar su cielo? Las estrellas fugaces están bien para mirarlas, y para contar que una vez conociste a una que no se dejaba atrapar en ningún cielo, de esas inalcanzables.
Pero puestos a elegir, nos fijaremos siempre en la estrella que brilla con más fuerza; la más fácil de localizar y más difícil de perder. La que está en nuestro cielo cada noche esperando a que salgamos a saludarla. La que nunca se rinde, la que siempre alumbra, la que brilla por encima de todas las demás.
Pero todos tenemos un cielo dónde pintamos nuestras respectivas estrellas.
Hay estrellas fugaces, que cuando te quieres dar cuenta de que han pasado, ya se han ido para no volver, y te han dejado ahí pendiente de un deseo que ni siquiera sabes si se va a cumplir.
Hay estrellas que brillan con el único objetivo de que alguien las mire y se acuerde de ellas; estrellas para lucirse, que no suelen rebelar su interior.
Hay estrellas que hace años dejaron de brillar porque se les acabó la luz y la fuerza; y quizás, sobretodo, las ganas.
Pero también hay estrellas firmes; aquellas que brillan con tanta luz que nos iluminan en mitad de la noche. Estrellas que hace siglos que murieron, pero vivieron con tanto ímpetu que nadie ha podido aún borrar su rastro; ni siquiera apagar su luz.
Podemos ser lo que queramos, al fin y al cabo, todas las estrellas son bonitas. Y, a decir verdad, tenemos una especial admiración por las fugaces. Nos fascinan precisamente por eso; por efímeras, por ser imposibles de retener. Ya dijo alguien aquello de “lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Pero seamos sinceros; ¿quién quiere una estrella fugaz para iluminar su cielo? Las estrellas fugaces están bien para mirarlas, y para contar que una vez conociste a una que no se dejaba atrapar en ningún cielo, de esas inalcanzables.
Pero puestos a elegir, nos fijaremos siempre en la estrella que brilla con más fuerza; la más fácil de localizar y más difícil de perder. La que está en nuestro cielo cada noche esperando a que salgamos a saludarla. La que nunca se rinde, la que siempre alumbra, la que brilla por encima de todas las demás.
Nos fijaremos siempre en la estrella
que más luz nos regale.
Yo tengo la inmensa suerte de tener un cielo repleto de estrellas que me acompañan a cualquier parte del mundo. No siempre las veo, porque algunas veces a mi también se me nubla el cielo; porque ya se sabe que el cielo cambia a menudo y más en según qué climas. Pero yo sé que mis estrellas siguen siempre ahí alumbrando con todas sus fuerzas. Porque a cada una de ellas las he elegido y pintado cuidadosamente, que como dice Extremoduro: “Me siento mejor si sé que tengo una estrellita pequeñita, pero firme. Pero firme.”.
Dicen que, cuando nos morimos, nuestra energía se convierte en estrellas; que nuestro poder y capacidad de creación son infinitos, aunque nos dé miedo saberlo. Que con los 21 gramos de nuestra alma podemos generar una fuente de iluminación capaz de alumbrar todos los cielos que quieran caber en nuestro mundo. Que seguimos buscando cielos en los que pararnos a brillar. Que no todos los cielos son compatibles con todas las estrellas. Y que, al fin y al cabo, nuestro cielo lo creamos nosotros.
Por eso, tu cielo será siempre del color que tú lo quieras ver.
Y, por encima de todo, recuerda que eres tú quién elige con -o contra- quién te estrellas. ;)
Yo tengo la inmensa suerte de tener un cielo repleto de estrellas que me acompañan a cualquier parte del mundo. No siempre las veo, porque algunas veces a mi también se me nubla el cielo; porque ya se sabe que el cielo cambia a menudo y más en según qué climas. Pero yo sé que mis estrellas siguen siempre ahí alumbrando con todas sus fuerzas. Porque a cada una de ellas las he elegido y pintado cuidadosamente, que como dice Extremoduro: “Me siento mejor si sé que tengo una estrellita pequeñita, pero firme. Pero firme.”.
Dicen que, cuando nos morimos, nuestra energía se convierte en estrellas; que nuestro poder y capacidad de creación son infinitos, aunque nos dé miedo saberlo. Que con los 21 gramos de nuestra alma podemos generar una fuente de iluminación capaz de alumbrar todos los cielos que quieran caber en nuestro mundo. Que seguimos buscando cielos en los que pararnos a brillar. Que no todos los cielos son compatibles con todas las estrellas. Y que, al fin y al cabo, nuestro cielo lo creamos nosotros.
Por eso, tu cielo será siempre del color que tú lo quieras ver.
Y, por encima de todo, recuerda que eres tú quién elige con -o contra- quién te estrellas. ;)
–
A ti, mi cielo. Y a todas las estrellas que lo componen.
I
també al meu pare; per haver brillat amb tanta força. I per seguir
brillant dins del millor trosset del meu cel.
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